biografía en Sol Mayor #
Ésta es la historia de un músico que escribió con su vida la partitura de una fuga* y la toca así:
Padre, Abuelo, los muertos que hay en mí. Me estoy muriendo y estoy asombrado. No me muero en París ni con aguacero, pero esta vez me muero. Es el tercer infarto y los médicos no atinan a reanimarme. ¿Seguro que hay un cielo donde reunirnos en un tango? Ésos de los de ustedes, a puro dos por cuatro y acordeón. Abran que voy llegando, a puro abrazo, mis viejos.
Pero, tenga mano, tallador -o doctor, en este caso-, les propongo algo. Mientras los médicos me bombean el pecho -como si sirviera de algo, no entienden que el fueye se rompió. Así toqué yo la muerte del gran Troilo: rememoro sus dedos en “Quejas de bandoneón” y abro el fueye hasta dejarlo exánime y acabado.- mientras los tordos laburan inútilmente tratando de retenerme, ajustemos cuentas. Como hombres y como músicos.
¿Te acordás, papá, cuando robé la armónica, una Höhner cromática, en Macy’s? ¿Te acordás, Nonino, qué tiempos aquellos? Yo tenía doce años y la mafia copaba Nueva York, casi todos mis amigos eran hijos de delincuentes famosos. Pero no la robé por eso. Lo hice por vos; para repudiarte. En revancha del bandoneón que me impusiste cuando apenas tenía ocho años. Me lo ataste a las manos para siempre, viejo; me condenaste al bandoneón. Cuando me di cuenta fue brutal. Tenía poco más de veinte años y había compuesto una sonata para piano –hoy la usan como sonata modelo en el Conservatorio, si me permitís el alarde de hijo. Y nunca la pude tocar. Mis dedos estaban deformados, torcidos; especialmente los pulgares. No alcanzaban las octavas. Mi sueño de músico era ser pianista y ya no servía; mis dedos estaban hechos para el bandoneón. Qué bronca, padre, qué rabia de huesos cuando supe que iba a tener que cargar el fueye para toda la vida. Era el instrumento de la nostalgia más triste, de un género triste de tristeza porque era la música de tu exilio, papá, y del tuyo, abuelo. ¿Se acuerdan cómo cada noche de Nueva York se ponían a tocar el acordeón con los discos de tango hasta que hasta a la vieja se le saltaban las lágrimas y a mí me agarraba una cosa en el pecho que sólo me la sacaba soplando y soplando? Ahora que lo digo, una cosa en el pecho vale lo mismo para la tristeza que para el infarto ¿les importará el dato a los médicos que siguen dale y dale tratando de reanimarme? Lo lamento, doctor, ya no voy a soplar para que se me vaya el dolor del pecho, tengo ochenta abriles y soy más viejo de lo que puedo envejecer. Basta para mí. Pero entonces sí que soplaba y cuando tuve la armónica, tuve el jazz. Cómo explicarles qué es el jazz. Es la libertad. El jazzero improvisa y toca todas las notas que quiere, no importa cuántas son sino que vayan saliendo, pura presencia y hasta alegría. Además, era la música local, mi infancia era ahí y yo todavía estaba asombrado con la vida; no tenía forma de entender la feroz añoranza que habita el tango de ustedes. Sólo podía sentirla y la sentía en el pecho. Entonces robé la armónica y mientras mis mayores, con todo respeto, se revolcaban en la congoja y en las ausencias, yo me iba a la calle a tocar una música que me sacara el llanto del alma o la nostalgia del pecho, cómo saber qué va en cada lugar. Chan, chan. Terminé con las quejas del bandoneón, aunque tardé más de treinta años en reconciliarme con él y fue una francesa la que me lo devolvió. Pero eso viene después; ahora que me saqué el entripao de chico y les puedo hablar de hombre a hombres, quiero agradecerles mi música y reconocer formalmente –si los médicos pudieran tomar nota y darlo a publicidad en lugar de seguir bombeando frenéticamente, me harían un gran favor- reconozco, decía, que fueron ustedes dos, Nonino y Pantaleón, los que empezaron a escribir esa música tan revolucionaria y que me ha valido la fama. En mi partitura principian ustedes, mis viejos queridos. Ya me explico. Resulta que es verdad, doy fe, que a los que cruzan la puerta de la muerte con paso lento les es dado echar un vistazo definitivo sobre la vida que se les acaba de terminar. La luz de la agonía –ese entre que ya no es vida sin ser todavía jamás- revela la escritura que trazaron nuestros actos, nuestras pasiones y pesares, en fin, eso que fuimos escribió lo que sólo se lee a la luz de la lámpara de la parca.
Estoy feliz, padres. Acabo de leer el libro de mi vida y está escrito en pentagramas, toda mi vida está contada en una fuga. Y es una fuga buenamente humana. Como todos los hombres a los que no se les arrebató el futuro, fugué desde los ancestros al porvenir con guerritas en ambos frentes y a todo fragor.
Escuchen mi Fuga que una y otra vez empieza con padre, abuelo y acordeón. Atenti los doctores, sin ánimo de confundir al estetoscopio, lo que suena es ruido del alma. La Fuga de Piazzolla empieza con una canción de cuna tristísima cantada por una voz ronca de llorar perdidas en un tono oscuro de callejón. Es una melodía plañidera de adióses, húmeda por la bruma del puerto de Buenos Aires, que instala un mal sabor en el pecho. Oigan: la nana se acalla empujada por una armónica que empuña el jazz hasta quitar la amargura y que los huesos mismos empiecen a vibrar. Viva Borah Minevitch. Un bandoneón se desliza por lo bajo. Dios mío, imposible de acallar, el fueye avanza como un tanque sobre la diminuta armónica. La aplasta pero dulcemente, con ternura, cimbreándola con Gershwin y Bach. Ésa es una que tenés pendiente con la vieja, papá. Cuando me obligaste al bandoneón ella me pagó a escondidas las clases con Bela Wilda que vivía al lado y yo lo descubrí por casualidad, un día lo escuché tocar el piano desde el patio de casa y me conmovió tanto que no paré hasta que la vieja se me hizo cómplice y empecé a estudiar con él y a tocar en el fueye jazz y música clásica. Pero Wilda se mudó y el bandoneón empieza a tocar una que revuelve las tripas. Vuelve la amargura y se instala. Este solo de bandoneón habla de las turbulentas humillaciones de mi adolescencia cuando disfrazado de gauchito con escenografía de puerto brumoso y mujeres nocturnas tocaba en los bares de Nueva York. En verdad, no hay como el fueye para hacer música de desaliento. Por ese tiempo fue mi encuentro con Gardel, o mi desencuentro. Fui a verlo al hotel y me dejó que le tocara algo en el bandoneón. Arranqué con Gershwin, se rió y me pidió un tango y cuando lo toqué, se volvió a reír y me dijo: “Lo otro muy lindo, pibe, pero el tango lo tocás muy mal.” “Es que no lo entiendo –le expliqué-. A mí me gusta el jazz.” Igual hice de canillita en El día que me quieras y grabé con él el disco de la película. Al bandoneón no hay quien lo pare, dale que dale, como los médicos, se adueña de la partitura y cuenta que volvimos a Argentina y mi época con Troilo. A puro tango, señores, del cuadrado y que se baila en cabarutes, un dos por cuatro autóctono. Atención, no se pierdan la entrada del piano. Los dos instrumentos juntos son una gloria. Al pianista de Troilo también le gustaba la música clásica y su amistad fue mi devoción. Por él escribí un concierto para piano y empecé a estudiar con Ginastera. El fueye se cabrea con esta intrusión del teclado pero el piano le planta cara y los dos se traban en un mano a mano encarnizado. Oigan la batalla. Yo sentía que me desdoblaba. De día, Bártok y Stravinsky, sonidos nuevos que planteaban una armonía distinta; música de planteo, cosa de intelectuales, ésa era la música que yo quería hacer. De noche, el cabaret con sus tangueros brutos. Me rompían los ejercicios que escribía en el camarín, los manchaban, si hasta me vuelve el rencor, mi viejo rencor. Mientras el piano frasea clásico e intelectual, el bandoneón ejecuta las burlas, los odios, el resentimiento de los suburbios. Yo me volvía cada noche más violento; me avergonzaba de ser tanguero. Un abismo separaba mi día y mi noche. Piano y bandoneón como dos badajos inacordes de tiempo en una misma campana, y cito por vez tercera a César Vallejo. Me gusta la cita; es un cruce entre el homenaje y la importación. Y para crear hay que importar. Todo artista es un buen importador. Así creé nuestra música, le metí contrapuntos al tango, fugas, acordes de jazz. Todo lo que me gustaba de la orquestación clásica y la libertad de improvisar que aprendí del jazz lo metí en el tango. Fui por agua a todas las fuentes y en ninguna me negué a beber. Pero, para hacerlo tuve que superar la vergüenza –me duele decirlo- de venir del tango y estar condenado al bandoneón.
Primero abjuré. En un duelo prematuro y surrealista, entrevero de desafío y dolor, estrangulé al fueye con una cuerda del piano y fui a anclarme en París. Escuchen ahora el silencio del fueye (como el de mi pecho, parece que los doctores se están cansando de bombear). El piano se erige, él solo una orquesta, música de cultos anda por doquier. Ese ano en París me atiborré de la música que admiraba a puro despecho de la que me había acunado. Todo ese ano estudié con Nadia Boulanger –su intuición musical te hubiera conquistado, viejo. Le oculté celosamente mi pasado. En el examen de admisión le presenté la partitura de Sinfonietta y aparté el cáliz del bandoneón. En la última clase –con esas maneras exquisitas de quien se va a manifestar maestro- me pidió que le hablara de mi pasado y yo, entonces, le toqué un tango mío, Triunfal. “Yo sabía que usted estaba en alguna parte, Piazzolla –me dijo-. Ahora que lo hemos encontrado creo que ya no me necesita.” En ese momento dejé de sentir vergüenza por lo que había sido.
Oigan, mis viejos del alma, cómo suena nuestra música ahora: piano, violines, bajo, guitarra eléctrica, cello y mi bandoneón. Vamos a confundir razones y corazones, a vibrar en la libertad de ser nostálgicos, a darle presencia a la distancia, a vitorear la ausencia. Aleluya al entrevero, si hasta los tordos pararon con el bombeo y se pusieron a escuchar. Escuchen al fueye empinarse en la altura emocionado: en despliegue de fragor copa la banca, se extiende al infinito y se encoge en plegaria a los que fueron hasta resolverse en un soplo, como yo agradecido, qué más da, agradecido.
* Fuga: composición de dos o más voces (o líneas musicales ) que suenan juntas, en contrapunto, o una se alza sola mientras la otra llega a desaparecer tal vez durante varios compases para volver a imponerse y a perderse hasta un final en el que suenan concertadas o con desconcierto.