Entre el ritmo de la sonata para violín y orquesta de Beethoven, y su composición basada en los latidos de su corazón ( latían mejor los corazones a principios de 1800, ¿a que si?) y el Auditorio que trajo a Kavakos, un violinista excepcional, salido de Zorba el griego, que nos regaló un Sibelius cargado de sutil melancolia, hubo también cine. Después de Revolutionary Road , que en mi opinión, no la de Elvira Lindo publicada hoy día siete de febrero en El País, trata de la verdad, de la difícil aventura de conocerse a uno mismo en sus propios límites difíciles de aceptar. Ella, Kate Winslett, magnífica en su actuación, cree y de eso se enamora, en un joven confuso ante su destino, que busca su papel en el mundo, cuando lo que en verdad quiere Di Caprio, aunque él no lo supiera es un ascenso económico y laboral. Cuando la atractiva y fascinante búsqueda se transforma en una realidad tan simple todo se desmorona. Probablemente la misma historia asentada en una presentación verdadera habría tenido otro desenlace.
El extraño caso de Benjamín Button, película destinada a tener éxito: la metáfora del envejecimiento al revés, aparte de ser una conocida propuesta de Quino, sirve para demostrar que nada dura para siempre y para echar amablemente por tierra los miedos a las diferencias no presentes, al futuro como dificultad o desencuentro, lo que vendrá es tan incontrolable como la permanencia de lo que se tiene especialmente si de emociones, talento y afectos se trata.
El extraño caso de Benjamín Button, película destinada a tener éxito: la metáfora del envejecimiento al revés, aparte de ser una conocida propuesta de Quino, sirve para demostrar que nada dura para siempre y para echar amablemente por tierra los miedos a las diferencias no presentes, al futuro como dificultad o desencuentro, lo que vendrá es tan incontrolable como la permanencia de lo que se tiene especialmente si de emociones, talento y afectos se trata.